Caravana

Cada cierto tiempo me invade la percepción de que mi vida ha sido como una caravana que cruza por un desierto. Una de esas típicas que se ven en películas, con camellos, carros de carga y gente caminando. Pero la que imagino yo es muy grande porque comprende a todas las personas que conozco.

En particular, mi caravana la veo dividida en tres grandes grupos perfectamente distinguibles: la retaguardia, zona de más atrás, donde se instalan los que optan por cuidar las espaldas de los demás, o los que simplemente se van quedando rezagados; el centro, donde va la mayoría: un gran bloque de gente y carga que le da cuerpo y vida a la caravana; y la vanguardia, donde van los valientes, los adelantados, los que guían al resto, o que están ahí solo para tener una visión clara del camino.

Contrario a lo que se piensa, el grupo del centro, aún siendo el más numeroso, no es una sola masa compacta. Dentro de él se arman otros grupos o clanes. Muchos. Y de los más variados. Para distinguirlos se mantiene una breve distancia, un espacio vacío entre ellos, establecido para mantener respetuosa distancia y así no enterarse, según ellos mismos, de qué se dice más atrás o más adelante. Tres o cuatro metros de intersticio vacío, donde en general no camina nadie. O casi.

Esos grupos no son para nada estáticos. Es muy normal que haya gente moviéndose de un grupo a otro. Es mi caso. Desde pequeño me acostumbré a moverme de retaguardia a vanguardia y volver, ya sea por voluntad propia, a veces por fuerza mayor.

Sí, he recorrido la caravana de punta a cabo varias veces. He pasado por varios de los distintos clanes que lo componen. A veces muy lento, a veces corriendo. Y no he estado solo en esas aventuras. Nos hemos acompañado mutuamente con muchas personas, cada uno haciendo lo suyo. Y con varios hemos compartido camino por largo tiempo.

Pero tarde o temprano, ellos se han buscado un lugar dentro de algún clan y han echado raíces ahí, mientras yo seguía recorriendo. Quise muchas veces hacer lo mismo, seguir los ejemplos que veía. Si bien en algunos clanes me hicieron sentir muy bienvenido, nunca estuve del todo cómodo. Y en otros, donde sí he querido entrar, derechamente me negaron el paso. Varias veces me han invitado, me han hecho un espacio, el que he dejado libre al tiempo.

Así, pasé mucho tiempo buscando encajar en alguna parte.

Siempre me han resultado incómodas algunas normas de los clanes. Dentro de ellos resulta imprescindible para la sana convivencia generar reglas para organizarse. Pero me sorprende como a algunas personas les resulta fácil mantenerse por el resto del camino en solo sitio, y lo rápido que se someten a esos reglamentos, muchas veces sin siquiera cuestionarlos. Yo sencillamente no he encajado. Algo siempre me incomoda y por eso no he logrado hasta ahora enraizar en ningún clan. Así que un día cualquiera, solamente dejé de intentarlo.

He optado por mantenerme al margen de los clanes, habitando ese intersticio vacío en medio de ellos. Claro que a veces avanzo por ellos, otras dejo que pasen por mí. Pero siempre termino ahí, a medio camino, donde no hay reglas. Y por ende, poca compañía.

Debo ser justo. A veces alguien avanza hacia la vanguardia y aminora el paso para ir conmigo. Es muy agradable, pero solo es un rato. Luego de un tiempo él o ella sigue avanzando hacia su destino. Lo mismo ocurre con los que se frenan y dejan que la caravana pase por ellos, hasta que otro grupo más atrás los alcanzan. Me acompañan, por un rato. Luego vuelvo a quedarme en el espacio intermedio, tranquilo, entre la demás gente que me mira desde la distancia y no dice nada. Yo los saludo amablemente y sigo caminando, viendo como viven dentro de su espacio, siguiendo sus reglas, sean estas impuestas o no. Y yo los veo como son felices, o lo bien que les resulta aparentarlo.

Con el tiempo me he acostumbrado a no pertenecer a ningún clan en particular. Más bien ser parte de algunos, pero sin hacerlo permanente.

Y no soy el único. He visto a otros hacer lo mismo. Nos hemos visto. Pero apenas nos hablamos y menos nos acompañamos. Guardamos respetuosa distancia, como si ese único individuo fuera todo un clan en sí. Y eso somos, al fin y al cabo. Todo un universo en una sola persona. Y preferimos orbitar sin limitantes por la caravana. Ir y venir, sin ataduras, sin reglas, sin compromisos.

Imagino que a los clanes, les parece inconcebible una actitud así. Por lo general se dedican a pertenecer y obligar a pertenecer, atados a sus costumbres, tradiciones y veredictos. Sus verdades que son solo suyas. Para mi fortuna, y talvez de manera inconsciente, nadie de mi clan me ha obligado a nada. Y yo aprendí a no hacerlo, por ende, aunque los ojos del resto me miren de ese modo extraño, a veces con lástima, hasta con desprecio. Uno termina siendo inmune a esas cosas. Yo lo único que veo en esas miradas es un miedo terrible. Miedo a soltarse y ser libremente lo que realmente son.

Quizás la única cosa que no he hecho es dejarme estar, abatirme por el cansancio de llevar el camino solo. Pero sí he visto algunos de mis similares sucumbir ante el hastío que a veces invade. Los he visto rendirse, caer y quedarse ahí tirados en la arena. La caravana pasa completa por ellos, hasta que la misma retaguardia los deja atrás para siempre. Cuenta la leyenda que no somos la única caravana en este desierto. Y a veces pasa por nuestro camino cruzando igual que nosotros hacia otros destinos. Y por eso también he visto quienes se quedan inmóviles de manera consciente, mirando como se va su caravana, con una sonrisa de esperanza encendida en el rostro.

Varias veces también me ha invadido el deseo de quedarme y ver cómo me pasa esta caravana en la que no he sabido encajar. A esperar un golpe de suerte, a que pase otra, donde sí me sienta bienvenido y cómodo. Donde no me molesten las reglas, la convivencia, donde se respeten unos a otros, donde se nos considere a todos importantes, donde al fin camine sonriente, con la certeza de haber encontrado mi gente, mi lugar. Pero es un riesgo muy grande. Podría pasar demasiado tiempo hasta que eso ocurra. Y sin provisiones, no se dura mucho a solas en el desierto.

Como sea, esta es mi caravana y debo ser agradecido. Por algo camino en ella y es muy lógico que mi lugar deba estar dentro de ella, quizás muy cerca, o por allá atrás, o adelante donde más me gustaría. Talvez mi destino sea justamente el andar por entremedio de los clanes, escurrirme por los intersticios de esta caravana, nunca quedándome en ninguna parte más allá de lo esencial, como un cometa o un fantasma, visible solo cuando me apetezca.

En momentos como estos es cuando siento que debo cambiar un poco las cosas: intentar otra actitud, dar otros pasos, redescubrir antiguos lugares que he dejado al abandono, deshacerme de algo de la carga que llevo, para darle espacio a nuevas vivencias, las que elija. Y deambular por esos clanes que aún me falta por descubrir en este enorme grupo de gente.

Parece razonable.

Pues, no hay más que empezar. Ahí veremos qué más.

Felipe (Don Búho) Cárcamo M.

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