Duelo

No suelo escribir abiertamente sobre mí. Me suena un poco pretencioso. Pero quizás sea bueno hacerlo en un momento como este. No me es fácil, como otras cuántas cosas. Y supongo que para muchos tampoco lo será leerlo.
Mi madre ha muerto hace ya dos meses. Aunque sabíamos que pasaría, dadas las circunstancias, no es nada sencillo aceptarlo como un hecho. Asumo que para nadie lo es. En general la gente evita pensar que sus seres queridos van a morir algún día. Yo siempre consideré importante tenerlo claro y aceptar la idea desde antes, por muy dura que fuera. Y creo que me ayudó mucho cuando llegó la hora.
Aun así no es suficiente. Nada te deja preparado para ese momento. Aunque camines bordeando la línea divisoria entre el supuesto y el hecho, cuando te empujan al otro lado, ya no hay vuelta. Y vaya que duele.
El vacío que deja la ausencia de la madre siempre lo describen como algo sumamente grande. Y lo es. Ahora entiendo con propiedad a los que la lloran sin parar por meses, incluso años. Sin embargo, por muy grande que haya sido, mi pena se me escurrió del pecho como agua, toda entera de un viaje. Como un milagro, una mano invisible y amorosa me acarició el corazón y me arrancó de un tirón la enorme pena que imaginé desde siempre que debía sufrir.
Claramente era una señal. Mi madre estaba bien. Y me lo hacía saber indicándome que no sufriera. Me sentí de repente muy tranquilo y afortunado. Y un poco extrañado, también. No se supone que eso sea así. Me había preparado para llenar el vacío de su ausencia con mi pena. Y ya no me quedaba ninguna.
Tal vez por lo mismo, he dedicado muchas horas libres a caminar por los sitios donde anduve con mi madre, y revivir esos momentos, breves momentos en que salimos juntos por última vez. Por aquí pasamos, pienso cada vez; aquí entramos a comprar; aquí, a tomar once; aquí nos sentamos a descansar y nos tomamos un helado. Es lindo saber que todo eso ocurrió. Y qué fuerte es pensar que fue la última vez. Duro y cierto: no se va a repetir. Jamás. Nunca más. Al menos no en esta vida.
He caminado por esos lugares sin prisa, atesorando esos momentos, los más simples e inmediatos: las cosas que le llamaban la atención, su risa, su sabor preferido de helado, la talla del zapato, el color del labial. Detalles. Las pequeñas cosas. Las que más importan.
No es masoquismo darle espacio a la nostalgia. Es lo que queda: ir atesorando momentos. Como ese abrazo que me daba cada vez que llegaba a visitarla. Y lo contenta que se ponía cuando la llevaba a misa o viajábamos a Villa Prat. O esas veces que me contuvo cuando llegué con malas noticias a casa. Cómo saltaba de alegría cuando llegué con mi primer auto. El orgullo con que contaba que había sido la primera alumna del nuevo salón de tango del barrio. O que la habían elogiado el canto en el grupo de oración a la que iba. Como rió cuando le regalamos una guitarra, que amó, pero que no aprendió a tocar bien. O la cara de sorpresa que puso cuando le llevé el borrador de mi primera novela, que no alcanzó a leer. Tantas otras cosas que se vuelven tan presentes con apenas mirar una foto, recorrer la casa o cerrar los ojos.
Eso será lo que llaman duelo, supongo.
Tengo claro que seguiré el resto de mi vida pasando por esos y tantos otros lugares que visitábamos juntos. Claro que sí, muchos los recorro habitualmente. A veces parece que me llevara de la mano a ellos, desde el más allá, como diciéndome: aquí estoy, yo también me acuerdo cuando anduvimos por aquí. En esos momentos, lejos de entristecerme y sufrir, me siento sumamente agradecido y lleno de paz, con la profunda certeza que, de la forma que sea, ella está y estará siempre presente. Y por encima de todo, muy bien.

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