Paulina y Magaly (fragmento 4)

Entró a su pieza y cerró la puerta. Vio el desorden, el montón de cosas sobre la cama y el closet abierto. Se sentó en la cama, encima de todo, miró al suelo. Su cabeza era un torbellino y en la garganta traía un nudo apretado. Se quedó ahí, con el foco fijo en un lugar perdido, donde hace mucho no miraba. Una nebulosa, un espacio sinuoso que él mismo había querido imponer entre él y sus recuerdos.
—¡Maldita foto! ¡La escobita que dejó!
Se acercó a la cómoda y la sacó del cajón.
Era una foto muy bien lograda, de cuerpo entero. Una chica de pelo corto, castaño oscuro, posaba coquetamente con un pareo floreado y los pies enterrados en la arena de una playa de aguas calmas. Se podía apreciar en detalle cada rasgo de su cara, las curvas de su cuerpo adolescente medio tostado al sol. Era hermosa, sin duda. Con su mirada clara y serena, su sonrisa abierta y sincera. La felicidad irradiada por unos ojos y una boca sonriente.
La giró. Había detrás una dedicatoria escrita a mano:

“A quien más adoro por lo que es, tiene y me da.
Adoro decir tu nombre, música para mis oídos.
Adoro besar tu boca, aire para mis días.
Adoro mirarte los ojos, luz para mi camino.

¿Cuánto se puede amar a un ser?
¿Cuánto amor puede contener un corazón?
Lo que contenga el mío es aún mucho y más,
y es todo para ti.

No me dejes nunca, Pablo, pues te amo.

Magaly”

Unas líneas muy tiernas y emotivas. Escritas en un tiempo de memorias alegres e importantes. Pero también de muchas tristezas.
—¡Ah, Magaly! ¿Qué será de tu vida? ¿Cómo estarás? ¿Vivirás aún en el mismo barrio, en la misma casa? No lo creo. Ya debes haber recorrido el mundo, como soñabas. Talvez estás casada y con hijos. O quizás no. No. Sería demasiada pretensión mía creer que todavía te acuerdas de mí.
Se pilló parado en medio de su cuarto, hablando solo con esa foto. Sacudió de golpe la melancolía.
—¿Qué cresta? ¡¿Qué rayos estoy haciendo?! ¡Si hasta te estoy hablando! Por algo estaba fondeada esa foto. Tiene razón el Beto. Mejor me deshago de ella.
Tuvo el impulso de romperla y echarla a la basura, pero se detuvo. Su noviazgo estaba en entredicho a causa de esa foto. ¿Por qué no usarla para revertir la situación?
Corrió al baño. Se lavó la cara, se peinó. Ensayó unas palabras en el espejo y volvió. Ubicó el celular y se grabó en un video.
—Pauli, mi amor. Entiendo que estés molesta conmigo por esta foto. Te lo digo, solo es una historia antigua que ya no significa nada para mí. Si bien estaba por ahí, de verdad, no me interesa. Solo me interesas tú y lo que estamos construyendo juntos. Nada se va a interponer en eso, mi amor. Por favor, sigamos adelante como estábamos. Esta foto no es más que un recuerdo que me da igual. Te amo, Pauli. Hablemos.
Revisó el video. Le pareció bastante elocuente y sincero, sobretodo el momento en que rompió la foto en cuatro partes.
Lo envió a Paulina. Tenía fe en que respondería pronto, pero los minutos pasaron sin ninguna señal. Talvez ya le habían hecho efecto los calmantes. En ese caso no ganaba nada con seguir esperando. Recién lo vería cuando despertara. Como fuera, sería una noche angustiante.
Se propuso arreglar al menos el desorden. Sin siquiera mirarla, cerró la bendita caja dentro del closet y metió toda la ropa de vuelta, así como cayó. Recogió los pedazos de la foto del suelo y los acercó al basurero. Pero no fue capaz de botarlos. Algo muy dentro de él lo conmovió y sintió la necesidad de quedarse con esos pedazos de su historia. Hasta se arrepintió de haberla roto. No sin vacilar, la tiró de nuevo en el cajón de la cómoda.
Tomó su bicicleta y salió. A esa hora aún había poco tránsito. Hizo el circuito habitual que a veces hacía con Beto: una salida por la avenida principal hasta la carretera y luego un giro en la siguiente rotonda hacia la montaña. Su destino era el mirador a media altura del cerro.
Hizo el tramo muy rápido, para descargar las tensiones. Ahí se detuvo a descansar. Ignoró la playa que se veía al fondo, hermosa, reluciente. Se concentró en la montaña, también hermosa, pero desafiante. Representaba el reto que tenía por delante. Lo inspiraba a subir e ir más allá de sus fronteras.
Tenía muy claro que no era él quien debía disculparse. No había hecho nada malo. Solo había sido victima de una vil casualidad. Aun así, Paulina no era de las que reconocía fácilmente sus errores. Ya lo había logrado alguna vez, y no era algo sencillo. Esta vez tampoco lo sería.
Revisó el celular por mensajes y llamadas perdidas. Nada de Paulina. Abajo, la ciudad empezaba a agitarse con la inminente llegada de la noche de sábado, con sus fiestas y diversiones. Nada de eso le entusiasmaba hoy. La incertidumbre ya empezaba a provocarle una extraña angustia. Solo quería que las cosas volvieran a su lugar.
Regresó a la ciudad. Pedaleó esta vez hacia el centro, hasta la plaza de la iglesia donde tenían planeada la boda. Se sentó en una banca, justo enfrente. Observó con devoción esa antigua construcción sagrada que se alzaba imponente. Respiró profundo y cerró los ojos, pidiendo a Dios un poco de paz. El solo estar así unos minutos lo alivió.
Ya más tranquilo, se imaginó ahí mismo en un par de meses, vestido y dispuesto a darle un rumbo definitivo a su vida. Sonrió satisfecho. A pesar de todo, Paulina era una mujer inigualable. Y la amaba mucho. Y ninguna foto iba a cambiar los planes que tenían en mente.

(Último fragmento, que concluye el Capítulo 1 de mi novela “Paulina y Magaly”.
Está en proceso y tiene derechos reservados. La historia completa es bastante más larga y es mi deseo terminarla muy pronto. Muchas gracias a todos los que pasaron a leer estos fragmentos y dejado un Me Gusta. Me dan un gran impulso para seguir.)

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