Paulina y Magaly (fragmento 3)

El llamado Bar de Rufino era un sencillo local dentro de una casa, suerte de garaje transformado, con un pequeño mostrador de vidrio y repleto de mesas y sillas plásticas. Una vez ahí, Pablo esperó impaciente y nervioso, a que su casi suegro le indicara donde sentarse y ordenara las cervezas.
No pidió la marca habitual, si no una especial que tomaba solo en ciertas ocasiones y en compañía de personas específicas. El mismo Rufino, un tipo delgado de mirada atenta y asustadiza, trajo la orden. Humberto sirvió dos vasos y los dejó en la mesa, se hechó atrás en la silla, miró a Pablo y esperó.
Pablo observó a Humberto y la cerveza, sin saber por dónde empezar.
—¿Y bien? —dijo al fin, Humberto—. ¿Por qué estamos aquí?
—Supongo que por lo de Paulina. Honestamente, no se qué…
—No.
—¿No?
—¡No, pues! Hemos venido aquí por una cerveza. Solo da la casualidad de que mi hija llegó a la casa hecha un lío. Y es extraño, porque me pareció oirle que tú eras el responsable. Ahora, yo te iba a preguntar qué le había pasado, pero si no lo sabes tampoco, no te preguntaré nada.
Pablo se quedó mudo e intrigado.
—En realidad —siguió Humberto, haciendo una pausa dramática—, sí te preguntaré una cosa: ¿por qué te sindica a ti como responsable?
—Talvez le pareció mal algo que hice.
—Mire, le diré una cosa. He visto a mi chiquilla llorar desde que nació. Y créeme que he aprendido a reconocer sus llantos. Sé cuando está fingiendo, cuando no son más que mañas. Y tengo muy bien formada mi opinión acerca de todo ésto.
—¿Y cuál es?
—¿Crees que tiene alguna importancia? También he vivido los años que ella tiene viendo como todo lo que digo pesa menos que una moneda. Cuando se trata de ella, por supuesto. Y no porque sea mi señora la bruja aquí. ¡No, señor! Así que, lo que yo opine, francamente, no tiene la menor importancia.
—Bueno.
Pablo estiró la mano para tomar su cerveza. Pero Humberto le tomó el antebrazo y lo aseguró a la mesa.
—Lo que yo sí quiero saber, hijo, son dos cosas. Una, es si realmente estás al tanto de lo que significa tener a mi hija como esposa. He visto este tipo de cosas lo suficiente para saber que no va a ser la última vez que las haga. Dime: ¿realmente tienes bien puestos los pantalones para lidiar con esto? ¿O voy a tener que invitarte una cerveza cada vez que se enoje contigo? Porque eso es lo que va a pasar, muchacho. Una vez que se casen, la pelota la vas a tener tú. Y vas a tener que marcar los goles solito. ¿Me comprendes?
Pablo no sabía como decir nada. Solo veía como lo atravesaban los ojos fijos de Humberto. Le hablaba muy pausado y serio, anclando su mano sobre la mesa.
—Claro. Estoy consciente de eso.
—Bien. Bien. Porque aquí viene la segunda cosa que yo quiero saber. Como ya te he dicho, conozco cada llanto de mi hija. Sé perfectamente cuando está haciendo un berrinche y cuando le está doliendo de verdad. Si a ella le duele algo, me duele a mí también. Y déjame decirte que temo el momento en que vea a mi hija sufriendo de verdad por culpa de otra persona, porque no sé cómo voy a reaccionar.
Pablo sudó frío. Escuchaba muy atento cada palabra, aunque estaba muy incómodo. Todo esto le parecía muy injusto.
—Ahora —continuó Humberto, con una muy falsa formalidad—, sepa usted… y yo supongo que lo sabe, porque lo ha aprendido desde que nos conocemos, ¿no? Igual se lo repito, para que no lo olvide: sepa usted que, a pesar de todo, yo amo a mi hija. Tanto como lo amo a usted como su novio y mi futuro yerno. Y tanto como supongo, de lo que he visto, que la ama usted a ella y ella a usted. Ahora, lo que yo quiero saber, por todo lo que ya he dicho: ¿puedo estar seguro que no va a ser usted quien me haga saber cómo voy a reaccionar si veo a mi chiquilla sufriendo de verdad?
Pablo se encogió en la silla. Luchaba con su deseo de escapar, como cada vez que se veía en una situación similar. Pero no era momento para eso. Debía buscar la forma de cerrar este episodio lo más rápido posible y con éxito. Miró su mano derecha. Ahí estaba su anillo de compromiso. Lo olvidaba a menudo, por la poca costumbre de andar cargando cosas. Agradeció no haber sufrido el percance esa mañana y se enderezó.
—Don Humberto. Yo tengo un privilegio que otros no tienen. Y es el haber recibido un anillo como este de su hija. Por eso lo llevo. Porque tiene un propósito. Este anillo me hace suyo. Y lo llevo porque yo he aceptado a su hija para hacerla feliz. Todo lo que he hecho desde entonces ha sido con ese propósito. Y lo seguirá siendo mientras lo tenga puesto. Y aún más cuando agregue el otro, en dos meses más. Así que espero que este evento, que no lo he provocado yo, sea solo un mal entendido. Así lo veo. Y así espero que también lo vea ella, porque eso es. Y por lo mismo, y a pesar de esto, mi amor por su hija sigue tal como este anillo: aquí, intacto, entero y muy presente.
Humberto quiso convencerse de que cada palabra era sincera. Buscó un gesto falso, una duda que delatara alguna mentira, incluso si Pablo solo quería salir del paso. Pero no encontró nada de eso. Todo lucía honesto y trasparente, como las cervezas que se desvanecían servidas en la mesa.
—¿Responde eso a su pregunta, querido suegro?
—Totalmente —dijo, soltándole la mano—. Toma nomás. Te la has ganado.
Pablo sonrió y alcanzó por fin su cerveza. Chocaron copas y se mandaron un largo trago.
—Ahora sí, puedo contarte mi opinión de todo ésto.
Pablo contuvo el trago. Bajó el vaso y esperó a ver qué decía Humberto.
—En mi opinión, la única persona que está haciéndo sufrir a mi hija en este momento es ella misma. No tengo idea quién le puso en la cabeza que tú la estás engañando. El caso es que alguna vez mi señora, cuando aún no nos casábamos, encontró un álbum con fotos de todas mis ex-pololas. Me preguntó quienes eran y yo le dije. Me puso cara de funeral. Y se las quedó mirando. Luego de un buen rato, me dijo algo que no olvidaré nunca.
—¿Qué cosa dijo?
—Me dijo: yo voy a guardar estas fotos. Son tus trofeos, tus recuerdos. Pero yo podré decirle a nuestros hijos que les gané a todas estas peucas.
Se rió. Pablo se rió a continuación.
—Talvez sí, talvez no, pero puede que la Juanita le esté mostrando ahora esas fotos a la Pauli. Ojalá se estén riéndo de todo este asunto. Aunque también sé que a mi hija no la convencen fácil. Si te sirve de consejo, no deje que se meta en todas tus cosas. Es mi hija, pero eso no me impide reconocer lo intrusa que es. No dejes ese tipo de cosas a su alcance. Evítate estos líos. Son explicaciones que uno no tendría por qué dar. Y ya vas viendo cómo son de pasadas de rollo las mujeres.
—Vaya que sí. ¿Y usted cree que se haya calmado? ¿Querrá hablar conmigo?
—¡Ah! No sé. Eso no es mi tema. Si quieres le pregunto, pero eso nomás. De todos modos, ten un rato de paciencia. Se le va a pasar.
—Ya. ¿Y en cuánto rato?
—¿Quién sabe? Por mis fotos, estuve como una semana con el agua cortá’.
Pablo ya no sabía si le estaba hablando en serio. Humberto solo se rió, mientras apuraba el último trago de su cerveza.
—Gracias. Tomaré en cuenta todo.
—¡Bien! ¡Vámonos ya! Y tómate toda la cerveza, que esa no es para desperdiciarla. La próxima la pagas tú.
Pablo se fue mudo todo el camino de vuelta. Deseaba que las cosas estuvieran como hacía un par de horas. Pero no. Necesitaba convencer a Paulina de que esa foto era solo un papel impreso. Solo así podrían volver a la armonía anterior, y continuar con los planes de su matrimonio. Era la vida siguiendo su curso. Y no tenía intenciones de que eso cambiara.
Llegando al portón, Humberto le dijo que esperara en el antejardín. Prometió avisarle qué encontraba adentro. A Pablo le pareció bien, a pesar del sol. Pero al verse solo entre la puerta y la reja, tuvo una rara sensación de vacío casi opresiva. Se sintió encarcelado en ese jardín del que ya habia entrado y salido muchas veces.
Miró calle arriba buscando algo mejor que solo mirar el pasto y un auto blanco apareció. Redujo la velocidad y se estacionó en la casa de enfrente. Era Ritchie, el hermano de Cecilia. Pablo agachó la cabeza. Era la última persona que queria ver en ese momento. No estaba de ánimo para bromas y Ritchie no perdía ocasión de hacerlas.
—¿Que no es el novio de mi princesa? —siempre era muy histriónico—. ¿Qué haces ahí dentro? ¿O estás afuera?
—Hola, Ritchie —intentó ser simpático—. Espero a mi novia.
—Ya lo creo. ¿Te dejó en vitrina para que veamos que la estás esperando?
—Algo así.
—Ojalá no esté enojada, si no te vas a insolar.
—No creo. Ya va bajando el sol.
—¡Seguro! Antes caen patos asados. Al menos vas a tener de comer.
Pablo sintió la puerta abrir tras de sí. Ritchie saludó.
—¿Cómo va, Don Humberto? ¿Tiene al yerno en cuarentena?
Humberto lo saludó con la mano, sin responder. Ritchie comprendió de inmediato y se entró sonriendo divertido.
Pablo sudaba de calor y de nervios. Humberto no se hizo esperar.
—Te dije que iba a ser un ejercício de paciencia, hijo.
—¿Qué le dijo?
—No quiere hablar contigo. No aún.
—¿Eso nomás?
—No. Pero no pienso repetirte lo demás.
A Pablo se le cayó el ánimo al suelo. Aun así, no iba a irse callado.
—¿Podría decirle que no me voy a resignar a esto, por favor? Vendré de nuevo más tarde.
—No te preocupes. Se lo diré. Pero lo de venir, mejor inténtalo mañana.
—¿Mañana?
—Sí. Están con la Patty. Juanita pidió que le diera un sedante suave, para que duerma. Yo no estoy de acuerdo, pero en fin. Al menos así se tranquiliza, duerme y mañana podrá pensar con más calma. Y tú también.
Derrotado, Pablo se despidió y tomó camino a su casa.

(Tercer fragmento, continuación del Capítulo 1 de mi novela “Paulina y Magaly”.
Está en proceso y tiene derechos reservados. Y, sí, continúa)

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