Paulina y Magaly (fragmento 2)

—¿Y qué hago con esto?
—Nada. Como bien dijiste, enfócate. Aquí la importante es Paulina, ¿no?
—La llamaré —aprovechó que tenía el teléfono en la mano y empezó a marcar.
Beto se lo quitó de un tirón.
—¿Estás loco? Anda a verla. Esto no lo puedes resolver por teléfono.
Pablo pensó un momento.
—Sí, tienes razón. ¡Es que estoy confundido! ¡No sé qué hacer!
—Tú mismo lo dijiste: enfócate.
—Ya. Sí. Foco —se movía como un turista perdido—. Iré con Paulina. Yo no tengo la culpa de nada. Lo que ha hecho es una niñería. Tenemos miles de fotos con sus amigas. Yo con mis compañeros de la Universidad, de la oficina. No puede ser que por una foto antigua se ponga así. Ni que fuera una de ahora. ¡Ah, no! Tengo que hablarle. Y me va a tener que escuchar. Voy para allá.
—Perfecto. Creo que ya te enfocaste. Suerte con eso.
—¿Qué? ¿Ya te vas? ¿No me vas a acompañar?
—¡Obvio que no! Tampoco me voy a quedar a tocarte el violín. Después te llamo para saber como te fue. Yo ya te ayudé. Ahora tú resuelve tu cacho. Yo me voy a entrenar. Aprovecharé para hacer el circuito de la playa, ya que jamás me acompañas por allá.
—¡Ah! Muy bien. Que aproveche. Y vaya con cuidado.
—Igual voy a estar atento. Tú concéntrate y ve a hablar con tu novia.
Salieron. Elvira y Juanita ya se habían entrado. Beto dijo adiós y partió pedaleando calle abajo.
Pablo se vio solo en la vereda. Percibió las miradas ocultas de los vecinos curiosos que espiaban por las ventanas. Caminó raudo la media cuadra que lo separaba del portón de Paulina. No alcanzó a tocar el timbre. Alguien lo saludó desde la casa de enfrente.
—¿Qué tal, Pablo? ¿En qué andas?
Pablo se giró para saludar, acomplejado. Era Cecilia, la flaca amiga cantante de Paulina. Venía saliendo con su mochila de lona, una falda de jeans, una polera roquera y el pelo teñido entre blanco y rojo.
—Hola, Ceci. Aquí, buscando a la Pauli.
—¿Acaso se pelearon? Escuché unos gritos denantes.
—Algo así.
—Ojalá no sea heavy.
—No creo —Pablo sonreía, nervioso.
—¡Que no se entere mi hermano! El Ritchie no perdería oportunidad de agarrarte de un ala si le haces daño a la Pauli —rió ella, burlona.
A Pablo se le cortó la respiración. Imaginó un golpe del fornido y musculoso Ritchie. Aunque jamás lo había visto furioso.
—Intenta no contarle, por favor.
—Por mí no te preocupes. Después la llamo. Ahora voy a la sala. Tenemos ensayo con los cabros. ¡Suerte!
—Gracias. ¡Nos vemos!
Pablo esperó a que Cecilia se perdiera por la esquina. Tocó el timbre un par de veces. Tenía la idea de que Paulina se asomaría, se acercaría avergonzada, lo abrazaría pidiéndole perdón y todo eso quedaría en nada.
En cambio salió su papá. Un caballero fornido, de bigote, muy simpático. Casi siempre andaba sonriente. No esta vez. Su semblante era más bien serio. Cerró la puerta e hizo sonar las llaves antes de abrir el portón. Miró a Pablo por el rabillo del ojo.
Pablo quiso adelantar la partida.
—Don Humberto, yo…
Su casi suegro alzó tranquilamente el dedo índice, pidiendo silencio.
—Vamos por una cerveza donde Rufino.

Por la ventana, Juanita vio que su marido se llevaba a Pablo. Fue a ver a su hija. Se había calmado un poco, aunque seguía llorando despacio tirada en la cama.
—Ya se lo llevó tu papá.
—¡Qué bien! ¡Porque no quiero verlo!
—Pero Paulina, solo por una foto. Creo que estás exagerando. Tu papá también tenía fotos de sus ex. Y eran varias. ¿Y ves? Aquí estamos.
—¡No, mamá! La tenía bien guardada con todo cuidado en una caja. Y tenía una dedicatoria, más encima. ¡Una dedicatoria, mamá!
—¡Pero hija, cálmate! Al menos tienes que dejar que él te lo explique.
—¡No, mamá! Estoy muy enojada. ¿Cómo me hace eso Pablo?
Juanita miró al cielo y se resignó. Decidió dejarla sola, tal vez así se calmaba y entraba en razón.
Pero apenas le cerró la puerta, sonó el timbre otra vez. Se asomó. Era Patty que venía del turno. Con su traje de enfermera perfectamente ajustado a su bien formado cuerpo, su sedoso pelo rubio amarrado como cola de caballo y los ojos café echando chispas.
—¡Ah, no! ¡Yo quería que mi niña se calmara!
Pensó salir a decirle que viniera más tarde, pero no alcanzó.
—¡Pauli! —gritó Patty, a toda boca—. Sal afuera y vamo’ a darle una lección a ese novio tuyo. ¿Qué se cree? ¿Que puede ponerte los cuernos así nomás?
Juanita salió corriendo a abrir el portón. No estaba acostumbrada a tanto escándalo.
—Chiquilla, por favor. No digas eso tan fuerte, que escuchan los vecinos. Aparte, no tiene nada que ver.
—¿Cómo que no, Sra. Juanita? A los minos hay que tenerlos cortitos. Si no, pasa esto, ¿ve? ¡Mire que una foto dedicada! ¿Dónde la vio? ¿Quién le va a creer esa huevada?
—¡Ay, chiquilla! Entra, entra.
Juanita apenas cerró y entró casi empujándola. Quería meterla cuánto antes a la casa.
Patty pasó directo a la pieza de su amiga.
—¡Amiga! ¿Pero en qué estado estás? ¡Mira cómo te tiene ese canalla!
—¡Ay, Patty! Nunca lo imaginé. Una foto de una mina entre sus cosas. Y con dedicatoria más encima. ¡La odio! ¡La odio con todo mi ser!
—¿Y dónde está ese pelmazo pa’ ir a darle unas buenas? ¡Esa huevá’ no se hace!
—Mi papá salió a hablar con él. Vino a buscarme, ¡pero no quiero verlo!
—¿El tío? Hay que puro ir a ayudarle a sacarle la cresta —empezó a remangarse—. ¿Adónde se fueron?
—¡Tú tranquila, chiquilla! —dijo Juanita cerrándole el paso a la puerta—. Mi marido se va a encargar de Pablo. Y tú ayúdame a calmar a mi hija, mira que no creo que sea para tanto. ¿Estamos?
Patty vio a Juanita demasiado decidida a que no se ventilara la situación. Se sentó a los pies de la amiga. Respiró profundo y se tranquilizó.
—Bueno, tía. Está bien. Estemos tranquilas y mantengamos la calma, ¿ya? Pauli, ven acá. Deja darte un abrazote.
Paulina se lanzó a los brazos de su amiga. Empezó a llorar de nuevo.
—Pobre mi amiga. ¡Mira cómo sufre! Llore nomás, desahóguese, suelte toda la pena. Vamos, no se la guarde, eche todo afuera.
Un toque del celular de Paulina sobre el velador las sacó del momento.
—¡Ah! Tu teléfono. ¿Qué hago con él, Pauli?
—¡Bótalo! No estoy.
Patty lo dejó un rato, por si dejaba de sonar. Tuvo que tomarlo de nuevo.
—¿Quién cresta insiste? ¿Jaime? ¿Ese no es el Jota?
—Bota eso, te dije. No quiero saber de ese cargante.
—¿Qué tanto te llama ese huevón?
—¡Olvídalo! No estoy para nadie.
Patty muteó el celular, lo tiró arriba de la cama y siguió consolando a la amiga. Al cabo de un rato se calmó y se pusieron a hablar.
—¡Ya! Es cierto que yo digo tanta lesera, de ir a pegarle, que así son los hombres y tanta huevada. Pero el novio es tuyo, Pauli. Tienes que escucharlo al menos. En una de esas, lo que dice es cierto, y solo sea una foto antigua, no lo que te estás imaginando.
—¡Pucha! ¡Es que estaba todo tan bien! A mí nomás se me ocurre ir a intrusear en sus cachureos.
—¿Viste? Capaz que sea solo eso: un cachureo. Pero igual, na’ que ver que tenga fotos de otra, poh.
—¿Cierto? ¿Viste? Si no estoy tan loca.
—Lo que sí, no tienes que aguantarle que la deje por ahí. ¡No, no, no! Ya se van a casar, así que tiene que tener puras fotos tuyas.
—¡Ay, amiga! ¡Te quiero tanto!
Paulina volvió a colgarse del cuello de la amiga. Y a llorar.
—Ya, pues, amiga. Suéltelo todo.
—Es que me dio tanta rabia. Todo lo que he hemos vivido con Pablo. Y todo el tiempo que llevamos juntos. Patty, ¡nos vamos a casar! Mira —le mostró su anillo de compromiso. Lo hacía siempre que podía—, él se comprometió conmigo. ¡Conmigo! No puede ser tan desconsiderado y ¡guardar fotos de otra!
Patty se estaba hartando de tanto llanterío.
—¡No, amiga! Por eso tienes que poner las cosas en su lugar. Tienes que decirle que bote esa y todas las fotos que tenga. ¿Era la única? ¿No viste si tenía más?
Paulina puso cara de espanto y se largó a llorar de nuevo. Patty se golpeó la boca.
—Calla, Patty. Amiga, amiga, no me hagas caso. Con mayor razón tienes que ir tú allá y limpiar toda la basura.
—¡La odio, Patty! ¡La odio con todo mi ser!
Patty cerró los ojos y pensó que esa iba a ser una larga noche.

(Segundo fragmento, continuación del Capítulo 1 de mi novela “Paulina y Magaly”.
Está en proceso y tiene derechos reservados. Y, sí, continúa)

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