Paulina y Magaly (fragmento)

Pablo giró sorprendido hacia Paulina. Casi no la reconoció. Tenía los ojos inyectados y los brazos temblorosos por un repentino arranque de furia. Se quedó congelado. Jamás la había visto reaccionar así.
—¡La odio! ¡La odio!
—¿Qué pasa?
—¡La odio!
—¿Qué dices? ¿De qué estás hablando?
—¡De ella!
Paulina le lanzó con saña una antigua fotografía. Pablo la agarró en el aire, la miró y apenas pudo contener la respiración. Hacía años que no la veía. Tantos que ya no recordaba.
—No la odies.
—¡La odio!
—¿Por qué? Ni la conoces.
—Pero tú sí. ¡Por eso la odio!
—¡Oye! Eso no tiene nada que ver.
—¡No me interesa! ¡La odio! ¡La odio! ¡La odio!
Paulina salió gritando y golpeando la puerta del cuarto. Pablo dejó la foto y salió tras ella.
—¡Pauli! Pero ¿qué te pasa?
—No quiero hablar contigo. ¡Déjame!
Paulina se libró de Pablo y corrió. Se fue llorando como una posesa y recitando maldiciones, sin importarle la mirada sorprendida de los vecinos. Llegó a su casa, a media cuadra. Casi derribó el portón y luego la puerta.
Pablo se quedó petrificado a la salida de su casa. Tuvo el ímpetu de seguirla. Pero se vio traspasado por las miradas curiosas de los vecinos. Incómodo, se entró.
Sus padres en la sala lo habían visto todo. Su padre, un hombre delgado, de pelo cano y cara muy limpia, se acercó a preguntar.
—¿Qué pasó, hijo?
—No tengo idea. Estábamos ordenando y de repente se puso así.
—Pero hijo, no puede ser que se haya enojado por nada.
Pablo no entendía nada. Tampoco tenía mucho más que decir.
Su madre, una señora bajita, algo rellena, pero muy ágil y risueña, se había quedado mirando por la ventana.
—Ahí viene la Juanita. Seguro viene a preguntar qué le hiciste a su hija. Voy a hablar con ella.
—¿Donde vas, Elvira? No vayas a darle tema a los vecinos.
—No, Guillermo. Tranquilo. Deja que yo la veo.
Pablo se asomó por la ventana. Vio a su madre salir y acercarse a su futura suegra. Las observó hablando en el portón. Siempre le pareció increíble lo parecidas que eran con Paulina.
Rememoró toda la escena. Habían entrado hacía un buen rato a la pequeña pieza que él usaba en casa de sus padres. Paulina había insistido en revisar las cosas de su armario y hacer una selección. No quería llevar, según ella, “trapos viejos” a su futura pieza de casados. Él alegó que sus cosas no eran cachureos y que podía hacer solo esa tarea. Pero no hubo caso. Su novia se había propuesto demostrar que tenía razón. A eso fue ese sábado. A pesar de sus protestas, no pudo evadirla.
Paulina había llegado derrochando entusiasmo. Se puso a sacar colgadores y a actuar. Se probaba su ropa, hacía de modelo. Echaba a un lado su largo y oscuro pelo, le guiñaba sus vivaces ojos verdes, se contoneaba intentando destacar su cuidada figura con esas prendas masculinas. Luego se las lanzaba, criticándolas: camisas viejas, poleras feas, pantalones rotos.
Él tirado en su cama, solo la miraba con sus brillosos ojos café, y se reía. Aplaudía cada ocurrencia y recogía las cosas que ella tiraba. A cada tanto saltaba a defender sus prendas. Se las probaba y argumentaba que combinaban perfecto con su pelo corto y le ocultaban un poco la incipiente guata. Otras hasta lo hacían ver más jóven y esbelto.
Pero por más que la mimara y la besara mientras se cambiaban las ropas, intentando que desistiera, Paulina seguía firme en su propósito.
Llevaba repartido medio ropero entre el suelo y la cama cuando vio aquella caja de madera en el fondo del closet. Presa de la curiosidad, y sin decir palabra, Paulina se agachó y la abrió. Lo primero que pilló fue una fotografía. La sacó a la luz y se desató el huracán.
—¿Estás seguro que no le hiciste nada impropio, hijo?
—No, papá. Yo no le hice nada.
No quería discutir. Antes que una tormenta le golpeara la cabeza, se fue a su cuarto. Se sentó en medio de todo el desorden y casi aplastó la famosa foto. La tomó y se quedó mirándola con atención.
Pasaron solo unos minutos y entró el Beto, su mejor amigo. Un tipo esbelto y fortacho, enfundado en su traje de ciclismo. Lo había conocido bicicleteando por los alrededores, a poco de terminar el colegio. Venía a buscarlo justamente para aprovechar la tarde de sábado dando una vuelta. Había escuchado un resúmen de lo ocurrido de parte su madre, quien había insistido a que entrara a hablar con él.
—¿Como estás?
—Aquí, tratando de entender.
—¿Qué pasó?
—No tengo idea, Beto. Estábamos aquí con la Pauli, se puso a revisar mi closet. De repente encontró esta foto y se puso como una loca.
Beto la tomó. Puso una cara de felicidad demasiado morbosa.
—¡Uau! Ya veo. Es muy bonita ella. ¿Quién es?
—Un antiguo amor. Del norte. Ya no es nada.
—Entonces, ¿para qué guardas la foto?
—¿Qué hay de malo en guardarla?
—Es simple. Es señal de que aún significa algo para ti.
—No, no es así.
—Bueno, eso es lo que parece, aunque lo quieras negar.
—No. Tú no tienes idea.
—Puede ser. Pero ella aún te importa. Se te nota.
—Insisto en que no. Solo estoy con una conmoción por la reacción de Paulina. Si fuera por eso que dices, entonces estaría fregado.
—Sí. ¡Y bien fregado! Si te hizo show por una foto. ¿Cómo reaccionará si apareces con otra?
—Mejor ni imaginarlo. ¡Vaya show! Nunca la había visto tan furiosa. Me sorprendió.
—¡Valor! Tú mismo vives hablando lo impredecible que es.
—Sí, lo sé. Es que me sorprendió el tono con que se dirigió a la foto —Pablo la volvió a tomar—. Dijo que la odiaba. Y varias veces. Jamás la había oído decir algo así.
—¿Me permites un consejo? Elimina esa foto. Ahórrate cachos.
—Puede ser. Pero ese es el menor de mis problemas ahora. A ver, enfoquémonos.
Se levantó rápidamente. Buscó un lugar donde meter la foto. Olvidó totalmente de donde venía. La puso en la cómoda, entremedio de su ropa.
—Ahí, por ahora. Luego veo qué haré con ella.
Beto se dejó caer en la cama y solo se rió. Pablo se había quedado estancado en medio de la pieza.
—Y tú no te rías. Ya que estás aquí, más vale que me ayudes. Lo importante ahora es hablar con Paulina y resolver esto cuánto antes. Mi teléfono.
Se puso a hurgar en el desorden buscando su celular. Beto lo encontró bajo el montón de ropa, solo porque empezó a sonar. Pablo se lo quitó, esperando que fuera Paulina.
—¿Qué? ¿La Patty? ¡Ah, no!
—¡Ah! Prepárate, cabrito. Parece que tendrás una comitiva pidiendo explicaciones.
Urgido por el repique del teléfono, atendió a regañadientes. Una voz airada y estridente no lo dejó ni saludar.
—¿Qué le hiciste a mi amiga desgracia’o?
—¡Patty! ¿Cómo estás? Yo nada.
—¿Cómo que nada? Me llamó recién, llorando toda ahogá’. ¿Cómo que no le hiciste nada?
—Yo no hice nada. Se enojó por algo que encontró entre mis cosas.
—Sí, claro. ¡Una foto de la otra! ¿Qué esperai, poh, pastel? ¿Que te felicite?
—Es una historia antigua.
—Más te vale, porque la Pauli no te cree ná’. ¡Y yo tampoco! Así que anda viendo cómo arreglai esta cagá’, porque a mi amiga no le ponen cuernos, ¿me oíste? Arregla la huevá’ o te las vas a ver conmigo. ¿Te queda claro? ¡Y te apurai!
Patty colgó. Pablo no tuvo tiempo de agregar nada. Beto solo se rió.
—Lo escuché todo clarito.

(Fragmento del Capítulo 1 de mi novela “Paulina y Magaly”.
Está en proceso, tiene derechos reservados y, por supuesto, continúa)

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2 thoughts on “Paulina y Magaly (fragmento)

  1. aquí hay gato encerrado…la chica no exagera, ya voy a leer en mi smartphone el otro capitulo!!!

    pd1 .podrías escribir teatro tienes talento para los diálogos pd2 me encanta leer un relato con el lenguaje coloquial, y las formas propias de tu país!

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