Buho

Surgió imparable desde el árbol primario.
Se convirtió en sello y seña, para luego alzarse dueño y señor de todo,
reconocido por otros bichos cercanos y con quienes compartió aventuras.

Como la vez que voló un buen tiempo a constelaciones lejanas,
y allí batalló por surgir y entender su destino vital.
Se alzó victorioso en muchas contiendas, hizo buenos camaradas.
Pero jamás pudo vencer aquella, la que más quería ganar,
la más inútil de las odiseas.

Como la noche que aceptó tener una luna llena por compañera.
O la vez que se lanzó sin puerto a alta mar, por ir tras una delfín encantadora.
Como tantas noches que buscó aquella estrella intermintente
cuyo brillo lo encandilaba y le quitaba el sueño.
Cosas que a veces contaba a una flor confidente al borde de una rama.

Sus penas las guardó por años como tesoro en una caja.
A poco ésta se llenó de hojas muertas.

Apenas vió salir el sol del horizonte,
comprendió lo inútil de tenerlas ahí.

Las usó como abono para el árbol.

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