Don

Temprano se había manifestado, antes mismo de poder afirmar el pulso.
Antes mismo del bautizo, en otras partes, en un idioma ajeno por alguien que ya no importa.
Desdibujos sin pulcritud, primeros trazos de poca inspiración.
Letras arrojadas al fuego, palabras rotas y olvidadas para alguien que ya no importa.

Sofocado por lo implacable de la historia,
sin brotar del todo, tuvo que ocultarse para no secarse y morir.
Arrimado al rincón del olvido, aguardó su momento para surgir.

Palpitó durante años, como un cuesco incómodo.
Se sabía necesario, urgente, imprescindible.
Inevitable, brotó de su prisión y crecíó hasta hacerse inabarcable.

De esa planta a veces caen hojas escritas.

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